¿Qué es la normalidad?

Conformismo vs libertad en contraste


Una reflexión sobre conformismo, inconformismo y neurodivergencia


En los últimos años, el contacto cotidiano con personas diagnosticadas dentro del espectro de la neurodivergencia —como el autismo, el TDAH y otras formas de funcionamiento que no encajan del todo en lo que socialmente se considera “normal”— ha abierto una reflexión cada vez más presente en distintos ámbitos.

Esa cercanía no solo invita a observar a quienes reciben estas etiquetas, sino también a revisar el marco desde el cual se las define. Y allí aparece una pregunta incómoda, pero inevitable:

¿Qué es exactamente la normalidad?

Porque cuanto más se observa la experiencia de quienes son rotulados como “neurodivergentes”, más evidente se vuelve que el problema no siempre está en las personas. Muchas veces, lo que no encaja no es el individuo, sino el sistema de referencia.


Normal no es sinónimo de sano

En el lenguaje cotidiano, “normal” suele asociarse con lo deseable, lo equilibrado, lo correcto. Sin embargo, en términos reales, lo normal no es otra cosa que lo estadísticamente mayoritario, aquello que se adapta y funciona dentro de un sistema dado.

Pero cuando se observa el mundo producido por esa normalidad —sus estructuras, sus dinámicas, sus valores— aparece una contradicción difícil de ignorar.

Guerras, violencia estructural, control, sometimiento, competencia permanente, individualismo extremo, odio normalizado.

Todo eso emerge como consecuencia de una normalidad que no se cuestiona a sí misma.

Entonces la pregunta cambia de forma:

¿Por qué se llama normal a algo que produce resultados tan profundamente disfuncionales?


El verdadero eje: conformismo e inconformismo

Tal vez la diferencia central no sea neurológica, sino actitudinal.

Lo que parece separar a quienes encajan de quienes no, es algo más simple y más profundo a la vez:

El conformismo frente al inconformismo.

El conformismo no implica maldad ni ignorancia deliberada. Implica aceptar la resultante colectiva sin cuestionarla. Adaptarse. Naturalizar lo dado. Repetir frases como:

  • “Siempre fue así”
  • “No se puede cambiar”
  • “Es lo que hay”

Ese conformismo sostiene el sistema tal como es.

El inconforme, en cambio, no logra hacer ese movimiento interno. No porque sea mejor, sino porque algo no encaja. No puede anestesiarse del todo frente a la incoherencia. No logra adaptarse sin pagar un costo interno demasiado alto.

Y muchas veces, a ese inconforme se lo rotula como neurodivergente.


El lugar incómodo del inconforme

El inconformismo tiene un precio.

No encajar no es romántico.
No adaptarse no es un privilegio.
Es una tensión constante.

El inconforme queda en un lugar lateral, incómodo, muchas veces solitario.

Esto no beneficia a ninguna de las dos partes:

  • El sistema sigue funcionando sin transformarse.
  • El inconforme queda al margen, sin canales claros de integración.

Aquí aparece una trampa importante.


La victimización como refugio

Cuando no se encaja, cuando no se logra la adaptación, cuando el mundo se percibe como hostil, existe una tentación comprensible: la victimización.

“El mundo está equivocado.
Yo no.
Ellos no me entienden.”

Esta posición puede aliviar momentáneamente, pero no es constructiva.

La victimización congela.
Desresponsabiliza.
Convierte la diferencia en una trinchera.

Y paradójicamente, termina siendo otra forma de conformismo: un conformismo invertido, identitario, que no transforma nada.

No conformarse con el mundo no significa que el mundo tenga la culpa.


Diferencia no es superioridad

Es importante aclararlo con precisión.

El inconformismo no vuelve a nadie más elevado, ni más consciente, ni moralmente superior. No hay una jerarquía entre quienes se adaptan y quienes no.

Hay procesos distintos, respuestas distintas a una experiencia compartida.

La diferencia no está para separar, sino para señalar tensiones no resueltas. Y esas tensiones existen tanto en el sistema como en quienes lo cuestionan.


Conclusión

Quizás el problema no sea la neurodivergencia.
Quizás el problema sea qué se hace con la diferencia.

El conformismo sostiene sistemas que ya no funcionan.
El inconformismo revela la grieta.

Pero solo la responsabilidad —individual y colectiva— abre la posibilidad de transformación.

Tal vez no se trate de adaptarse ciegamente al mundo, ni de rechazarlo desde la victimización, sino de asumir que esta experiencia compartida exige algo más que señalar errores.

El verdadero desafío empieza cuando se deja de señalar y se empieza a hacerse cargo.


Feriel
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